De los cuartos a la final mediaba únicamente un paso, la semifinal. Un paso de trámite. Descargada la tensión acumulada en el partido ante Italia, superados los maleficios y las maldiciones de cuartos, crecido el orgullo -e incluso la bravuconería-, España afrontaba ayer el choque ante Rusia como clara favorita para hacerse con el hueco vacante en la gran final.
Ni Pavlyuchenko, ni Arshavin, ni leches. Caer en la semifinal ante los rusos hubiera sido un error imperdonable. La oportunidad era histórica, y los de Luis no quisieron hacerle un feo a la gloria. Esperaba Alemania, que probablemente deseaba tanto la victoria de los rusos como desearon el día anterior Cesc, Arbeloa y Casillas el triunfo de Turquía. Pero no se dio el caso. Los dos grandes favoritos cumplieron con los pronósticos y nos brindarán el domingo una final que promete ser vibrante.








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